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Finalmente, vinieron por mí

Esta semana, Google trascendió las secciones de tecnología o economía y negocios para instalarse en política e internacionales, luego del affaire chino.

 

La empresa emitió un mensaje oficial a través de su blog corporativo en el que indica que dejará de cooperar con la censura china en Internet, abriendo la puerta para el cierre de sus operaciones en aquél país. Google denuncia un ataque “altamente sofisticado” y proveniente de China a su infraestructura, que resultó en el robo de propiedad intelectual. También aclara que el ataque no fue sólo a ellos sino también al menos otras 20 empresas en distintos sectores de actividad. Y, finalmente, que hubo intentos de acceso a las cuentas de Gmail de activistas a favor de los derechos humanos en China en todo el mundo (no únicamente residentes en aquél país). La relevancia de las acusaciones es tal, que la propia Secretaria de Estado de los EE.UU. emitió un comunicado al respecto, pidiendo aclaraciones a las autoridades chinas.

 

Fue notable como en ciertos ámbitos donde la tecnología y los negocios se vinculan, hay varias voces que opinan que, sin negar los hechos denunciados, la reacción de Google se ve potenciada por el hecho de no lograr en ese país una posición relevante donde alcanza sólo un tercio de las búsquedas desde China, resignando el primer puesto a la local Baidu (con fuertes vínculos con el gobierno). En esta línea de razonamiento, los ataques y la censura ayudan para que Google pueda retirarse sin que parezca un fracaso comercial.

 

Más allá de la veracidad o no de este análisis, quizás la desconfianza detrás de las reales motivaciones y el peso de cada una en la decisión final venga del propio hecho que Google no puede presentarse como un inocente desprevenido. Cuando en 2006 se lanzó el servicio en China (google.cn), la empresa sostuvo que era mejor ofrecer un servicio censurado en cuanto al resultado de las búsquedas, que no ofrecer nada. Esa decisión le valió muchas críticas, especialmente porque iban contra su lema “Don’t be evil”. Esta frase, que encabeza su código de conducta, resultaba totalmente fuera de sincronía con su aval a la censura en China. Así, peor que aceptar la censura impuesta por el gobierno chino, era su doble discurso. Previsiblemente, eso mismo que avaló, ahora le jugó en contra.


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